La Iglesia es un vehículo, no un destino

Dios

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es un vehículo, no un destino. Sin embargo, antes de hablar más sobre ese vehículo, necesitamos preparar el escenario y hablar más sobre el destino.

Por supuesto, el destino es el Reino Celestial. Vivir en la presencia de Dios el Padre. Pero, ¿cuál dirías que es la clave para soportar la presencia de Dios en el Reino Celestial? ¿Es simplemente creer en Jesús? ¿Es una colección completa de conocimiento puro y sin errores de Cristo, Su naturaleza y Sus doctrinas? ¿Es ser capaz de presentar una lista completa de ordenanzas?

Aquí, me arriesgaré a decir que ninguna de esas opciones es totalmente correcta.

El carácter de Dios

estatua del Christus

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Dios tiene control sobre los mares. Él puede crear planetas y la vida misma. Él es todo poderoso. Pero, aquí hay otra pregunta para ti: ¿Dios es dios porque es poderoso? O, ¿Dios es poderoso porque es Dios? En otras palabras, ¿Dios es Dios por lo que hace o por quién es?

Alma 42 en el Libro de Mormón habla acerca de dos atributos que definen a Dios: la justicia y la misericordia. Todo el Plan de Salvación se basa en la justicia y la misericordia de Dios.

Según Alma 42, si Dios quebrantara las leyes de la justicia y la misericordia, en otras palabras, si Él dejara de ser siempre justo y misericordioso, “dejaría de ser Dios”.

Ahora, la meta de cada uno de nosotros es calificar para la gran bendición de la exaltación: llegar a ser como Dios. Muchos críticos de nuestra religión se burlan de esa doctrina. “¡Ja! Esos mormones creen que podrán crear planetas y esas cosas. ¡Qué tonto!”

“Pero ver la deificación a través de la lente de hacer lo que Dios hace es secundario en comparación con llegar a ser como Dios en el sentido de ser como Dios es”.

Nuestra meta es llegar a ser perfectamente justos, misericordiosos, amorosos, humildes y perfectos. A fin de soportar la presencia de Dios, debemos incorporar estos atributos de Dios en nuestro ser lo mejor que podamos en esta vida. Debemos sembrar esas semillas ahora y Dios puede ayudarnos a hacerlas crecer y perfeccionarlas en la eternidad.

¿Qué pasa con las ordenanzas?

Templo de Fortaleza

Para ser exaltados, debemos participar en las ordenanzas, ¿verdad? ¡Sí! Eso es cierto. Sin embargo, “realizar” las ordenanzas no es la meta final, al igual que se necesitaba obedecer la Ley de Moisés, pero apuntando hacia el objetivo real, la Ley de Cristo, que trasciende esas ceremonias.

De hecho, a menudo, la Ley de Moisés se describe como la ley de “ceremonias y ordenanzas”. Recibimos dones y promesas especiales a través de las ordenanzas. Pero, cada ordenanza también está vinculada con un convenio. Tanto los dones como los convenios relacionados con cada ordenanza están diseñados para ayudarnos a ser más como Dios.

Observa que la ordenación al sacerdocio, por ejemplo, nos da el poder de actuar en nombre de Dios, hacer lo que Dios hace. Pero, recuerda Doctrina y Convenios 121:

“Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que estos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud”.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre”.

Claramente, el poder que nos otorga la ordenación del sacerdocio para actuar en nombre de Dios se basa completamente en nuestra capacidad de ser como Dios. Si tu carácter no se controla, “se acabó el sacerdocio o autoridad de ese hombre”.

“El carácter precede el poder”.

Tad R. Callister enfatizó un principio similar en la Conferencia General:

En las Escrituras leemos: “En sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad”. A veces, podemos pensar en las ordenanzas como una lista de verificación, necesarias para la exaltación; pero en verdad, cada una da acceso a un poder divino que nos ayuda a llegar a ser más como Cristo. Por ejemplo:

Cuando nos bautizamos y recibimos el don del Espíritu Santo, somos limpiados, por lo que llegamos a ser más santos, como Dios. Además, mediante el Espíritu Santo, nuestra mente se ilumina y nuestro corazón se ablanda, de modo que podemos pensar y sentir más como Él.

La Iglesia es el vehículo, no el destino

Dios

Finalmente, llegamos a la parte del vehículo. Entonces, nuestro destino final es la presencia de Dios. ¿Cómo llegamos ahí? Al desarrollar los atributos de Dios, llegar a ser más como Él.

El propósito de la Iglesia es ayudarnos a llegar ahí. Nos proporciona las ordenanzas esenciales relacionadas con esos atributos y nos brinda oportunidades para desarrollar atributos importantes.

Ahora, imagínate viajando en este vehículo metafórico. Tiene muchas partes móviles y no móviles, más partes de las que puedes contar. No todas las partes son perfectas. Quizá, hay una grieta grande en el parabrisas. Eso no es bonito. Tal vez, le falta un faro. Quizá, el aire acondicionado no funciona. Eso sería un desastre total.

El carro podría no ser bonito, le podría faltar una o diez partes. Pero, la pregunta final sería: A pesar de las fallas del vehículo, ¿me llevará al destino correcto? Si la respuesta es “sí”. Entonces, las fallas son de poca importancia.

La Iglesia tiene defectos. Quizá Brigham Young dijo algo ofensivo o doctrinalmente sospechoso. Quizá existen políticas que creemos que deben ser cambiadas o actualizadas. Tal vez, existen preguntas para las que no tenemos respuestas.

No hay nada de malo en desear que se repare la grieta en el parabrisas. No debemos evadir o despreciar a aquellos que notan las grietas. Sin embargo, también es cierto que una grieta en el parabrisas no significa que el auto esté descompuesto. ¿Este artículo  promueve que se ignoren las grietas? No. Pero, así como la grieta en el parabrisas de mi auto de la vida real, debemos enfocarnos en la carretera que se encuentra al otro lado de la grieta.

Centrarse en lo que importa más

Dios

Aquí es donde las cosas se vuelven peligrosas: Si dedicas todo tu tiempo a centrarte en los problemas del auto, corres el riesgo de perder de vista la carretera. Jacob 4: 14 describe el evento de esta manera: “Por tanto, a causa de su ceguedad, la cual vino por traspasar lo señalado, es menester que caigan”.

Cuando nos obsesionamos con conciliar cada evento controversial de la historia de la Iglesia, o cuando nos rehusamos a regresar a la Iglesia porque un miembro nos ofendió, o cuando nos centramos en una política con la que no estamos de acuerdo, olvidamos que el Evangelio de Jesucristo trasciende esas cosas afortunadamente. Nos enfocamos tanto en las fallas del auto que olvidamos a dónde nos está llevando.

No deseo menospreciar las preocupaciones reales que algunas personas tienen sobre la Iglesia. Si crees que el vehículo está completamente desgastado, que no se puede arreglar y no funciona, eso es diferente a una grieta en el parabrisas y no me disgusta la confusión dentro de ti.

Los que estamos en el vehículo contigo, debemos esforzarnos por ayudarte de cualquier manera posible. Sin embargo, muchas quejas sobre la Iglesia, son de naturaleza puramente cosmética.

Dios es totalmente consciente de que el vehículo de la Iglesia tiene algunas partes oxidadas. Pero, si te lleva de A a B, que es para lo que está diseñado, eso es lo que importa. Puede que no sea bonito, pero funciona. Quizá, es por eso que Cristo nos recuerda en Doctrina y Convenios 10: 69,

“Y ahora bien, he aquí, a los que son de mi iglesia, y perseveran en ella hasta el fin, estableceré sobre mi roca, y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos”.

Si aplicamos esta escritura a nuestra metáfora del vehículo, podría leerse así:

“Y ahora bien, he aquí, a los que están en mi auto, y perseveran en él hasta el fin, estableceré sobre mi roca, y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos”.

Tengamos cuidado de no confundir el vehículo con el destino y que Dios nos bendiga en nuestro viaje de regreso a Él.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por David Snell y fue publicado en thirdhour.org con el título “The Church is a Vehicle, Not a Destination”.

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