“Si estás sufriendo de depresión, es posible que no puedas ver la luz al final del túnel, pero recuerda, todavía hay esperanza, no todo está perdido.”

Pienso que la sesión de mujeres de la Conferencia General de octubre de 2019 fue histórica. 

Sí, el Presidente Russell M. Nelson anunció por primera vez durante una sesión de mujeres nuevos templos, sin embargo eso no fue lo único que me impactó.

Para mí, la sesión de mujeres fue histórica debido al discurso de la hermana Reyna Isabel Aburto, “En sol y sombra, Señor, acompáñame”.

La hermana Aburto, segunda consejera de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, habló de un tema de una manera que creo nunca antes se había dado en un púlpito del Centro de Conferencias de la Iglesia, ya que compartió su experiencia ante el suicidio de su propio padre. Fue innovador. Fue valiente.

También te puede interesar: Nunca estás solo, el Señor siempre camina contigo, Él siempre escucha tus oraciones

Pero para mí, el poder de su discurso no terminó en octubre. De hecho, he recurrido a su discurso en diferentes ocasiones en estos últimos meses debido a todo lo que aprendo al estudiar las Escrituras a las que hace referencia.

Los sentimientos son divinos

Quizás mi conclusión favorita del discurso de la hermana Aburto es que los sentimientos no son un defecto de la mortalidad, ni son un signo de debilidad. Son parte de nuestra naturaleza divina.

En su discurso, la hermana Aburto dijo: 

Al igual que nuestros Padres Celestiales y nuestro Salvador, tenemos un cuerpo físico y sentimos emociones.

Las escrituras en las notas al pie de página nos señalan momentos en donde se identifican los sentimientos de Dios y del Salvador: Dios se regocija (Isaías 65:19); el Señor siente compasión (Lucas 7:13); Dios llora (Moisés 7:28).

El Padre Celestial y Jesucristo experimentan emociones, y si aprendemos a reconocer nuestras emociones, podemos aprender más sobre nuestro potencial divino.

“Si aprendemos a reconocer y valorar nuestras emociones, podemos canalizarlas de forma constructiva a fin de llegar a ser más semejantes a nuestro Salvador Jesucristo”, expresó la hermana Aburto en la nota al pie.

La depresión puede cegarnos

La hermana Aburto comenzó su discurso con una analogía de encontrarse en un avión justo cuando se acercaba a una tormenta.

“Vi por la ventana un denso manto de nubes debajo de nosotros. Los rayos del sol poniente se reflejaban en las nubes y estas brillaban con intensidad. Poco después, el avión descendió por las pesadas nubes y de repente nos envolvió una espesa oscuridad que opacó por completo la intensa luz que habíamos presenciado un poco antes.”

Ella continuó explicando las nubes negras (incluyendo la depresión y la ansiedad) que se forman en nuestras vidas.

En las notas al pie de página, agregó esta frase: 

“Mientras estábamos por encima de las nubes, no podíamos visualizar la oscuridad que yacía a solo unos metros debajo de nosotros, y cuando estábamos envueltos por la oscuridad, era difícil visualizar el resplandor del sol que brillaba a solo unos metros arriba de nosotros.”

Si alguien está sufriendo depresión, es posible que no pueda ver la luz al final del túnel, tal como alguien en la luz puede no ver la inesperada oscuridad que se avecina.

La depresión puede provenir de cambios positivos en la vida

“En algunos casos se puede determinar la causa de la depresión o ansiedad, pero en otros podría ser difícil de discernir”, dijo la hermana Aburto en su discurso.

En la nota al pie de página, señaló algunas fuentes que son más difíciles de discernir porque no son lo que uno espera.

“La depresión también se puede derivar de cambios positivos en la vida —como el nacimiento de un bebé o un nuevo empleo— y puede presentarse cuando la vida de una persona marche bien”, escribió.

Independientemente de si es posible identificar la fuente, la depresión puede llegar a nuestra vida, y no es algo por lo que tengamos que pasar por nosotros mismos.

A veces la depresión no se enfrenta a solas

En su discurso, la hermana Aburto compartió la experiencia del suicidio de su padre. Ella fue testigo del poder sanador que sintió de Salvador en ambos lados del velo. En la nota al pie de pagina, ella comentó que no debemos pasar este tipo de situaciones solos.

“Cada vez que surge un problema, tenemos la tendencia a querer arreglarlo. No obstante, no tenemos que ser los únicos que nos reparemos a nosotros mismos o a los demás. No tenemos que hacerlo todo nosotros. En más de una ocasión en mi vida, he recurrido a terapeutas para hacer frente a tiempos difíciles.” 

Ella también compartió una cita del Elder Richard G. Scott:

Para comenzar a sanar se requiere una fe semejante a la que un niño tiene en el hecho inalterable de que el Padre Celestial te ama y que te ha proporcionado el modo de sanar. 

Su Amado Hijo Jesucristo dio Su vida para brindar la cura; sin embargo, no hay una solución mágica, ni un simple bálsamo que cure, ni tampoco hay un camino fácil para el alivio completo. La cura requiere una profunda fe en Jesucristo y en Su infinita capacidad para sanar.

No es tu culpa

“Es importante darnos cuenta de que la depresión no se deriva de la debilidad y normalmente tampoco del pecado, declaró la hermana Aburto. Esta frase nos lleva a una referencia en Juan 9: 1–7, la historia del hombre ciego desde el nacimiento. El Salvador testifica: 

“Ni este pecó ni sus padres, sino que fue para que las obras de Dios se manifestasen en él.”

Me encantó aplicar este concepto a la depresión. La conexión bíblica de la hermana Aburto con una enfermedad física magnificó el significado de las palabras del Élder Jeffrey R. Holland: 

“Estas aflicciones son algunas de las realidades de la vida mortal y el reconocerlas no debería avergonzarnos sino que tendría que ser como cuando reconocemos que tenemos que lidiar con presión arterial alta o con la repentina aparición de un tumor maligno.”

ansiedad

No deberíamos sentir vergüenza por la depresión y quizás la razón por la que algunos luchan con ella es para que “las obras de Dios se manifiesten”.

“Si te rodea constantemente un “vapor de tinieblas”, acude al Padre Celestial. Nada por lo que hayas pasado puede alterar la verdad eterna de que tú eres Su hija, y que Él te ama. 

Recuerda que Cristo es tu Salvador y Redentor, y que Dios es tu Padre. Ellos comprenden. Imagínalos sentados cerca de ti, escuchando y ofreciéndote apoyo. “[Ellos te] consolará[n] en [tus] aflicciones”. Haz todo lo que puedas y confía en la gracia expiatoria del Señor.”

Fuente: ldsliving.org