¿Qué significa liderar como Jesucristo? Para James Fletcher, obispo de un barrio en Mapleton, Utah, la respuesta comienza con algo sencillo como aprender a amar a las personas como lo haría el Salvador.
En una entrevista para el pódcast Leading Saints, Fletcher compartió experiencias de su servicio como obispo y explicó cómo pequeños cambios en la manera de dirigir, servir y relacionarnos pueden fortalecer una comunidad.
Sus experiencias muestran que el liderazgo en la Iglesia no consiste únicamente en organizar actividades o cumplir responsabilidades. También implica reconocer las necesidades de las personas, confiar en su potencial y ayudarlas a acercarse a Jesucristo.
1. Crear una comunidad donde todos se sientan amados

Fletcher explicó que su barrio tiene la visión de que cada persona de la comunidad se sienta necesaria, amada y parte de ella, independientemente de si asiste a la Iglesia o es miembro.
Por eso, algunas actividades que normalmente se organizarían para los miembros se plantean como encuentros para todo el vecindario. Desde celebraciones hasta jornadas de limpieza, estas iniciativas permiten fortalecer las amistades y crear espacios donde más personas puedan participar.
Este enfoque se relaciona con el mandamiento que Jesucristo dio a Sus discípulos:
«Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Juan 13:34).
El Salvador demostró ese amor al acercarse a personas que otros podían pasar por alto, como la mujer samaritana junto al pozo. No solo habló con ella, sino que reconoció su potencial y le dio la oportunidad de compartir lo que había aprendido.
Liderar como Jesucristo significa mirar más allá de quién participa habitualmente y preguntarnos quién necesita sentirse incluido, escuchado y amado.
2. Confiar y dar oportunidades

Uno de los principios que Fletcher destacó fue la importancia de invitar a las personas a hacer algo significativo, en lugar de limitarse a enseñarles o darles consejos.
Durante su servicio como obispo, conoció a un hombre llamado Sherwin, quien se había alejado de la Iglesia años atrás, pero mantenía una relación cercana con sus vecinos y continuaba sirviendo a otras personas.
Después de visitarlo y conversar con él, Fletcher lo invitó a compartir su testimonio en una reunión sacramental.
La invitación permitió que Sherwin regresara a la capilla y compartiera con la congregación su experiencia de servicio y su fe. Muchos miembros que lo apreciaban tuvieron la oportunidad de darle la bienvenida y expresar cuánto significaba para ellos.
Para Fletcher, esta experiencia reflejó algo importante: en ocasiones, las personas necesitan que alguien confíe en ellas y les dé una oportunidad para participar nuevamente.
El mismo principio se aplica a los jóvenes. En su barrio, alrededor de 12 jóvenes comenzaron a servir como misioneros de barrio, preparándose para enseñar principios del evangelio y compartirlos con otras personas.
Con capacitación y acompañamiento, pudieron desarrollar sus habilidades y ayudar a algunas familias a regresar a la Iglesia.
Cuando confiamos en el potencial de los demás y les damos oportunidades para servir, también les ayudamos a descubrir lo que pueden llegar a ser.
3. Usar nuestros talentos para bendecir

Fletcher también compartió una enseñanza que recibió de un Setenta Autoridad General: «Exporta tus fortalezas». La idea consiste en reconocer los talentos y recursos que tenemos y buscar maneras de utilizarlos para ayudar más allá de nuestro círculo habitual.
Como ejemplo, habló de miembros de su barrio que sirven como misioneros de BYU-Pathway, enseñando y apoyando a estudiantes de África y América Latina. También mencionó a una familia que comenzó a recolectar anteojos para llevarlos a clínicas de África y el sudeste asiático.
En su propia experiencia profesional, Fletcher contó que su empresa ofreció oportunidades de prácticas a estudiantes de BYU-Pathway en Filipinas y África. Después de comprobar sus habilidades, comenzaron a contratar a algunos de ellos para puestos de tiempo completo.
Estas experiencias muestran que servir no siempre significa realizar una actividad formal de la Iglesia. También podemos bendecir a otras personas mediante nuestros conocimientos, nuestra profesión, nuestros recursos y las oportunidades que podemos ofrecer.
Dios nos da talentos que podemos desarrollar y compartir. Cuando los ponemos al servicio de los demás, nuestra influencia puede llegar mucho más lejos de lo que imaginamos.
4. Cada persona merece nuestro tiempo

En un mundo donde se valora la rapidez y la productividad, Fletcher compartió una lección que recibió mientras oraba en el templo después de ser llamado como obispo.
Al estudiar las Escrituras, recordó el relato de la mujer que padecía flujo de sangre y que tocó el manto de Jesucristo con fe para ser sanada (Marcos 5:25-34).
Aunque el Salvador iba acompañado por una multitud y tenía otros asuntos por atender, se detuvo para reconocerla y atender su necesidad.
Fletcher sintió que esa experiencia le recordaba que, aunque las responsabilidades administrativas son necesarias, nunca debía perder de vista a la persona que necesitaba ayuda.
En ocasiones, ministrar significa detenernos a escuchar, visitar a alguien, acompañar a una persona que atraviesa una dificultad o dedicar tiempo a una conversación que no estaba en nuestros planes. Significa que la eficiencia nunca debe hacernos olvidar el propósito del servicio.
El liderazgo comienza con el ejemplo del Salvador

Al reflexionar sobre sus experiencias, Fletcher explicó que servir como obispo ha cambiado su manera de relacionarse con los demás. Cuando no sabe cómo aconsejar a una persona o ayudar a una familia, procura preguntarse qué diría Jesucristo y cómo actuaría Él en esa situación.
Esa pregunta lo ha llevado a reconocer con mayor profundidad el amor, la misericordia y el poder sanador de la Expiación de Jesucristo.
Aunque no todos tenemos una responsabilidad de liderazgo en la Iglesia, todos podemos influir en las personas que nos rodean. En nuestra familia, en el barrio o en el trabajo, podemos elegir escuchar con más atención, reconocer el potencial de los demás y servir sin esperar algo a cambio.
El mejor liderazgo cristiano no se trata de cuántas personas dirigimos, sino de cómo las ayudamos a sentirse amadas y a acercarse a Jesucristo.
Fuente: Leading Saints
