Durante años, Allyson Flake Matsoso imaginó su futuro de una manera muy diferente.

Había vivido en distintos países, realizado investigaciones en África, enseñado inglés en China y participado en proyectos académicos. Había recibido becas universitarias, publicado investigaciones y sido aceptada en programas de posgrado de Oxford y Cambridge.

Su plan era estudiar en Cambridge y construir una carrera relacionada con el desarrollo ambiental.

Al mismo tiempo, también quería formar una familia. Cuando se comprometió, esas dos partes de su vida comenzaron a encontrarse en una decisión que no esperaba que fuera tan difícil.

Entre Cambridge y formar una familia

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Poco después de comprometerse, Allyson llegó a ser finalista de una beca que podía cubrir completamente sus estudios en Cambridge. Después de semanas preparándose para la entrevista, viajó para competir por ella, pero no fue seleccionada.

La noticia le dolió, pero la decisión que vino después sería todavía más importante.

Ella y su prometido, quien era de Sudáfrica y estaba comenzando sus estudios universitarios, no tenían una situación económica que les permitiera pagar fácilmente un posgrado en Inglaterra. Hacerlo habría significado asumir una deuda considerable.

Después de analizar sus opciones, decidieron mudarse a Hawái, trabajar y concentrarse en los estudios de su esposo.

Para Allyson, no se trataba simplemente de elegir entre estudiar o no estudiar. Sentía que Dios también podía estar presente en aquellas decisiones donde no existe una opción claramente buena y otra claramente mala.

Había dos caminos posibles y ambos implicaban renunciar a algo. Ella decidió formar una familia. Sabía que aquella decisión cambiaría completamente el rumbo que había imaginado para su vida, pero también sentía que estaba eligiendo algo que realmente quería.

Cuando la maternidad no se sintió como esperaba

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Después nació su primer hijo. Allyson describe el amor que sintió por él como algo que nunca había experimentado. Pero junto con ese amor llegaron responsabilidades completamente nuevas.

Las noches interrumpidas, los pañales, las tareas repetitivas y la necesidad constante de atender a sus hijos hicieron que comenzara a preguntarse qué había ocurrido con la mujer que había sido antes.

La joven aventurera que había viajado, estudiado y realizado investigaciones parecía muy distante de la madre que ahora pasaba horas jugando con su hijo pequeño. Había elegido ser madre, pero todavía estaba aprendiendo a encontrar alegría en esa elección.

Incluso llegó a comparar su vida actual con aquella que imaginaba que podría haber tenido en Cambridge. En esas fantasías veía una vida llena de conocimiento, influencia y logros, pero no siempre incluía las dificultades, los rechazos y los sacrificios que también habrían formado parte de ese camino.

El sacrificio también puede transformarnos

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Con el tiempo, Allyson comenzó a entender el sacrificio de una manera diferente. El sacrificio puede cambiar aquello que deseamos y ayudarnos a descubrir un propósito que antes no podíamos ver.

Cuando una persona sacrifica tiempo, comodidad o intereses personales por alguien a quien ama, ese sacrificio puede fortalecer ese vínculo. 

Y eso comenzó a ocurrirle a Allyson. Al principio, algunas actividades que hacía con sus hijos no eran precisamente sus favoritas. Mientras dejaba de lado algunas de sus propias preferencias para atender las necesidades de sus hijos, sus deseos comenzaron a cambiar.

Cuando su hijo empezó a leer, ella comenzó a entusiasmarse con los libros y con la posibilidad de abrirle un mundo de conocimiento. Cuando descubrió la creatividad de su hija, empezó a disfrutar sus historias y a participar de su imaginación.

La maternidad dejó de sentirse únicamente como algo que le quitaba tiempo. Comenzó a convertirse en una experiencia que también estaba formando quién era ella.

No tuvo que dejar de ser ella misma

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Uno de los puntos centrales de su experiencia fue entender que convertirse en madre no significaba abandonar sus talentos, intereses o personalidad.

Sus estudios, experiencias y capacidades podían convertirse también en herramientas para criar a sus hijos.

La maternidad no tenía que borrar quién era; podía convertirse en otra manera de utilizar lo que había aprendido y vivido.

Allyson recuerda también a su propia madre, quien regresó a la universidad cuando ella, su hija menor, comenzó el jardín de infantes. Más adelante, pudo continuar desarrollando su conocimiento y ayudar profesionalmente a otras personas.

Esa experiencia le enseñó que algunas metas pueden esperar. No todos los sueños tienen que cumplirse al mismo tiempo.

Cinco hijos después

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Hoy, después de tener cinco hijos, Allyson dice que ya no siente que aquella joven que soñaba con viajar, estudiar y construir una carrera haya desaparecido.

Tampoco siente que tuvo que elegir entre amar a sus hijos y tener una vida con propósito. Con el tiempo, descubrió ambas cosas.

Las tareas que alguna vez le parecieron repetitivas le enseñaron paciencia. Enseñarles y acompañarlos desarrolló capacidades que antes no sabía que tenía.

La mujer que alguna vez se preguntó dónde había quedado su antigua identidad comenzó a descubrir que el propósito no siempre consiste en conservar exactamente la vida que imaginamos, sino en permitir que Dios nos transforme a través de las responsabilidades y oportunidades que recibimos.

Para ella, la maternidad no significó perderse, sino convertirse en alguien diferente.

Y después de todo el proceso, pudo mirar atrás y reconocer que aquello que inicialmente parecía una renuncia también había sido una forma de encontrar amor, propósito y una nueva versión de sí misma.

Fuente: Meridian Magazine 

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