Hace muchos años, un joven de solo 23 años de edad fue llamado a ser el nuevo presidente de estaca en Toole, Utah. En ese tiempo, las conferencias de estaca tenían dos sesiones y en el almuerzo, entre las sesiones, Joseph F. Smith, una de las Autoridades Generales asistentes, le dijo al nuevo presidente de estaca: “Dijo que cree en el evangelio con todo su corazón y propone vivirlo, pero no dio su testimonio de que sabe que es verdadero. ¿Está totalmente seguro de que este evangelio es verdadero?”

No,” respondió el joven.

Presidente Taylor,” dijo el Élder Smith al Presidente de la Iglesia, John Taylor, que también asistió: “Estoy a favor de anular esta tarde lo que hicimos esta mañana. No creo que ningún hombre que no tenga un conocimiento perfecto y eterno de la divinidad de esta obra deba presidir una estaca.”

El Presidente Taylor solo se rió y dijo: “Joseph, Joseph, Joseph, él lo sabe tanto como tú. Lo único que él no sabe es que él si sabe que es verdadera.”

Esa historia puso sobre la mesa una pregunta muy interesante: ¿Es posible saber que la Iglesia es verdadera, pero no saber que lo sabes? ¿Es tan difícil detectar un testimonio? Esta historia es aún más interesante cuando conoces la identidad de ese nuevo presidente de estaca. Su nombre era Heber J. Grant. Sí, el mismo Heber J. Grant, que más tarde se convirtió en el Presidente de la Iglesia.

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Heber J. Grant

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Curiosamente, la siguiente vez que Heber J. Grant se dirigió a los miembros de su estaca, habló poderosamente durante cuarenta y cinco minutos. Esta vez, supo.

Mi amigo Brad Wilcox sugiere que no deberíamos hablar sobre los testimonios utilizando una terminología de “interruptor de luz” como “encendido” o “apagado;” “tengo un testimonio” o “no tengo un testimonio;” “lo tuve, pero lo perdí.” Un testimonio no es una propuesta de todo o nada.  Existen diferentes niveles de testimonio y nuestros testimonios pueden crecer o reducirse fundamentándose en nuestras experiencias, circunstancias o elecciones.

El hermano Wilcox, tiene razón. Un testimonio no es como un interruptor de luz que solo tiene dos niveles, encendido o apagado. Entonces, ¿Cómo es un testimonio? Voy a sugerir que un testimonio se parece más a una luz con un regulador de intensidad que hace posible un número casi infinito de niveles entre la luz total y la oscuridad total. Así como existen niveles de luz también existen niveles de testimonio. Nuestros testimonios comienzan con la oscuridad de la incredulidad y, se hacen más y más resplandecientes hasta que alcanzan el nivel de conocer que algo es verdadero.

Con un regulador de intensidad de luz, podemos ver cómo alguien pudo tener un poco de luz, un poco de fe, todavía decir: “Deseo más luz,” o “ayuda mi incredulidad.” Podrías encontrar a personas que simplemente no crean, pero si están dispuestas a suspender su incredulidad solo por un momento, algo sucede. A medida que enseñes, testifiques y el Espíritu comience a “iluminar” sus mentes, podrían pasar de dudar a preguntarse y de preguntarse a un “deseo de creer” (Alma 32:27). Con el transcurso del tiempo, su deseo podría convertirse en una creencia e incluso, un conocimiento de que lo que aprendieron sobre el evangelio es bueno y verdadero. A medida que dejes tu luz brillar en sus vidas, ésta podría convertir su oscuridad en día.

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El Señor habló sobre una “luz en desarrollo” en este versículo interesante de las escrituras que se adecúa perfectamente a nuestra analogía del regulador de intensidad de luz:

Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto. (DyC 50:24)

Esa es nuestra meta: tomar la luz que tenemos, para “perseverar en Dios” y obtener más, hacerla más y más resplandeciente hasta el día perfecto o hasta que podamos decir, “realmente lo sé.”

Artículo originalmente escrito por John Bytheway, extracto del libro “How Do I Know if I Know?,” y publicado en ldsliving.com con el título “The Perfect Analogy for Anyone Who Worries Their Testimony Isn’t Strong Enough.”