Como se enseña en el templo, el Señor siempre ha requerido que su pueblo ofrezca sacrificios, desde el tiempo de nuestros primeros padres en adelante. El tipo y el lugar de sacrificio cambiaron con los años, pero no los principios fundamentales que apoyan la doctrina de sacrificio. Los sacrificios justos son realmente símbolos de nuestra obediencia al Señor, Jesucristo y Su expiación, nuestro deseo de imitar al Salvador y vivir como Él. Nuestra ofrenda de sacrificio demuestra nuestro compromiso de seguir al Señor sobre todos y todo lo demás.

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La palabra sacrificio proviene de dos palabras latinas juntas: sacer (sagrado) y facere (hacer). Por lo tanto, sacrificio significa literalmente “hacer sagrado.” Cuando sacrificamos lo que nos pide el Señor, hacemos nuestras vidas sagradas mediante nuestras acciones como lo hizo el Salvador, en cuya casa santa adoramos cuando hacemos el convenio de ofrecer sacrificios en Su nombre y por Su reino.

Dos cambios para la Ley de Sacrificio

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En el periodo de Adán a Cristo, los sacrificios formales y necesarios designados por el Señor fueron “las primicias de sus rebaños” (Moisés 5:5)… Bajo el antiguo sistema de sacrificio, los sacrificios de animales fueron símbolos de la expiación, indicando a quien hacia la ofrenda (y los testigos) el futuro derramamiento de la sangre de Cristo en el Getsemaní y en la cruz.

No solo los mismos animales eran un tipo, una imagen y una similitud del sacrificio del cuerpo de Jesucristo, sino que también eran un reemplazo vicario, una representación, en lugar de la persona que realizaba el sacrificio (nuevamente, un ejemplo del sacrificio del Salvador así como de nuestra propia representación de servicio en el templo). La persona que hacia la ofrenda, a través de la sustitución simbólica de un animal, se entregaba completamente a Dios. La persona que realizaba el sacrificio, hacia o declaraba que su vida era sagrada o santa mediante la oferta de un sustituto…

Con la venida de Jesucristo en la mortalidad y el derramamiento real de su sangre como el “gran y postrer sacrificio” (Alma 34:14), se produjeron al menos dos cambios fundamentales, aunque el sacrificio siguió siendo el símbolo principal de la Expiación. Primero, se descontinuaron el sacrificio de animales y el derramamiento de sangre. Por otro lado, se requirió algo más como ofrenda: “Ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito,” como Cristo resucitado les dijo a los nefitas (3 Nefi 9:20).

Segundo, ya no se requería un intermediario, como en los días de la dispensación mosaica cuando el sacerdote aarónico realizaba el sacrificio real del animal en el tabernáculo o el recinto del templo. Bajo la nueva orden, todo hombre y toda mujer eran fortalecidos para acercarse a Dios directamente y ofrecer su corazón quebrantado y espíritu contrito.

Corazón quebrantado y espíritu contrito

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Sin embargo, el simbolismo de la expiación todavía apoya el sacrificio. Un corazón quebrantado y un espíritu contrito son una semejanza o el retrato perfecto de la experiencia expiatoria de Jesús. La palabra contrito proviene de una raíz latina que significa “abatir.” Contrito significa estar “abatido en espíritu.” En el Getsemaní, es espíritu de Jesús se abatió por el peso de los pecados y las tristezas del mundo (dijo que se sentía “afligido” y “angustiado,” Marcos 14:33). Y, en la cruz del Gólgota, “Jesús murió de un corazón quebrantado,” la consecuencia del sufrimiento infinito por el pecado y la tristeza interminables.

En el periodo de Adán y Moisés, las ubicaciones designadas para los sacrificios formales fueron altares especialmente construidos en varios lugares. En el periodo de Moisés a Cristo, las ubicaciones designadas para los sacrificios formales fueron altares especialmente construidos, primero, en el tabernáculo mosaico y, después, en los templos de Salomón, Zorobabel y Herodes. En nuestros días, los lugares designados para realizar convenios formales de sacrificio se encuentran delante de la mesa de la Santa Cena en el día de reposo y en el altar en los templos del Señor. En el plan del Señor, los altares siempre han sido el centro de las acciones sagradas. Hoy, alrededor de los altares en los templos, ocurren las actividades más importantes y sagradas: la realización de convenios, la ofrenda de oraciones, el establecimiento de matrimonios y familias eternas además de las promesas de sacrificio y consagración.

El significado de los altares

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El antiguo idioma hebreo nos ofrece cierta perspectiva del significado de los altares. La palabra para “sacrificar” es zebakh; la palabra para “altar” es mizbeakh, significa “lugar de sacrificio.” Hoy, en los altares en los templos del Señor, los fieles hacen el convenio de sacrificar todo lo que poseen por el bien del reino del Señor. En medio de este tipo de sacrificio que abarca todo se encuentra la vida eterna, como explican los sermones sobre la fe:

Veamos aquí, una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas, nunca tiene el poder suficiente con el cual producir la fe necesaria para llevarnos a la vida y la salvación; ya que, desde la primera existencia del hombre, nunca se pudo obtener la fe necesaria para el gozo de la vida y la salvación sin el sacrificio de todas las cosas terrenales. Fue por medio de este sacrificio y solo éste, que Dios ha ordenado que los hombres deben disfrutar la vida eterna; y es a través del sacrificio de todas las cosas terrenales que los hombres saben realmente que están haciendo las cosas que son agradables ante la vista de Dios. Cuando un hombre ha ofrecido en sacrificio todo lo que tiene por la verdad, ni siquiera reteniendo su vida, y creyendo ante Dios que ha sido llamado para realizar este sacrificio porque busca hacer su voluntad, sabe, con toda seguridad, que Dios acepta y aceptará su sacrificio y ofrenda y que no busca ni buscará su rostro en vano. Entonces, bajo estas circunstancias, puede obtener la fe necesaria para aferrarse a la vida eterna.

En vano, las personas se imaginan que son las herederas de aquello o que pueden ser herederas de aquello; salvo que, quienes han ofrecido todo en sacrificio, y por este medio obtienen fe en Dios y Su favor para conseguir la vida eterna, de igual modo, le ofrezcan el mismo sacrificio, y a través de esa ofrenda reciban el conocimiento de que son aceptados por Él.

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Por eso, cuanto más nos acercamos a Dios, más deseamos hacer lo que Él desea y nuestras oraciones se convierten más en: “no me importa lo que deseo, Señor; solo me importa lo que tú deseas.” Cuanto más nos acercamos a Dios a través de una fe poderosa, más deseosos estamos de entregarle todo lo que poseemos y todo lo que somos – tiempo, talentos y recursos – hasta que lleguemos al punto en que le entregaremos lo último que tenemos para dar, lo único que es verdaderamente nuestro (porque todo lo demás ya es suyo): nuestro albedrío personal, nuestra voluntad, nuestros pensamientos y deseos, como enseñó el Élder Neal A. Maxwell:

La sumisión de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios; todo lo demás que le “damos” es, en realidad, lo que Él nos ha dado o prestado a nosotros. Pero cuando nos sometemos dejando que nuestra voluntad sea absorbida en la voluntad de Dios, entonces, verdaderamente le estamos dando algo. ¡Es la sola posesión exclusivamente nuestra que podemos dar!

La consagración es entonces la única capitulación incondicional que constituye al mismo tiempo una victoria total.

Aquí se encuentra la gran ironía de esta doctrina (y solo en el templo entendemos el panorama completo): al entregar todo lo que tenemos, o podríamos tener, a Dios, recibimos todo lo que Él tiene para darnos. Ese no es un intercambio equitativo. Pero, esa es la promesa segura cuando nuestros corazones y mentes se encuentran en orden celestial.

Artículo originalmente por Andrew C. Skinner, extracto del libro “Temple Worship: 20 Truths That Will Bless Your Life,” y publicado en ldsliving.com con el título “The Hebrew Meaning Behind “Sacrifice” and “Consecrate” That Might Change How You Understand Your Covenants.”