Hace mucho tiempo, en un barrio de JAS muy, muy lejano, mi obispo se paró en el púlpito y llamó a algunos miembros de la audiencia a compartir su testimonio. No me preocupé, porque sabía que de ninguna manera el Obispo sabía mi nombre. 

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Escuché a los hermanos, uno por uno. Los jóvenes compartieron sus testimonios de que la Iglesia era verdadera, que el Presidente Hinckley era un profeta y que amaban a sus padres. Está bien, tal vez la última parte no estaba tan bien. Lo siento mamá.

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Recuerdo haber sentido que todo estaba bien. Todo se sentía normal. Eso fue hasta que el último joven se levantó y dijo:

“No sé si la Iglesia es verdadera. Oro todos los días para saberlo. Espero que lo sea. Pero, esa sensación que se supone que debes tener cuando sabes que es verdad, nunca la he sentido eso. Quiero creer. No hay nada que quiera más que saber que Dios está allí y que no estoy solo, pero no lo hago.”

Me quedé impactada. ¿Esta permito decir eso? No creía que esto estaba bien, al menos no durante la reunión sacramental. No con todos los ahí presentes. ¿Acaso no lo iba a detener el obispo? ¿Cómo es que lo sé, cómo es que todos los que están aquí lo saben, pero él no? ¿Qué hizo mal?

Ese testimonio tuvo un profundo impacto en mí. Es la única reunión de testimonios que puedo recordar, incluida la de este mes… Bueno, hubo una a la que asistió el Presidente Nelson y un hombre decidió cantar su testimonio, pero eso no tuvo el mismo impacto. No despertó una parte de mí que había estado dormida desde ese entonces. La parte de mí que me pregunta: “¿En verdad creo?” La respuesta no siempre es sí. A veces es una súplica: “Señor, creo; ayuda mi incredulidad.”

Los Santos de los Últimos Días tienen una relación complicada con la duda

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La duda causa temor. Nosotros le tememos. Nos alejamos de ella. Es la lepra que prohibimos en nuestras capillas. Es mejor no asociarse con nadie que esté en duda. La sombra que proyecta la duda es tan amplia que ya no vemos a la persona más allá de su duda. 

La duda de personas que amamos es tan dolorosa que los evitamos, los lloramos, cerramos la puerta y esperamos que algún día se curen. Que de alguna manera mágicamente despertarán, y cuando abramos la puerta en el Reino Celestial, estarán parados allí.

Si no tenemos dudas, entonces no estamos trabajando lo suficiente para desarrollar nuestra fe

El concepto erróneo que tuve en ese entonces es que la duda es lo opuesto a la fe. Ya no lo creo. Ahora creo que uno no puede existir sin el otro, y que a través de uno, podemos terminar en el otro. Una vez pensé que la fe era mejor cuando no era cuestionada y se mantenía constante. La fe de un niño es mejor, ¿verdad? Inmóvil e inocente, confiada e inquebrantable, pero, ¿es mejor la fe de un niño que la fe que ha sido probada?

Una fe que ha sido probada nos permite crecer y convertirnos en alguien más fuerte, con mayor comprensión y mayor empatía cristiana hacia los demás. 

O quizá la fe de un niño es todo lo que se necesita. Tal vez no necesitamos ser probados. Tal vez la prueba es sólo ver cuánto podemos llegar al saber, y nunca necesitar ser probados en ese conocimiento. Tal vez el plan de Satanás es un buen plan.

Ahora tengo tu atención. El problema con sólo ‘saber’ es que nunca tenemos que crecer más allá del no saber. Nunca tendremos que aprender por nosotros mismos la diferencia entre los dos. Podemos ser felices en el Jardín del Edén para siempre.

No estoy animando a nadie a ir y comer del fruto prohibido con la esperanza de que el ser expulsado de tu fe te lleve a algo más grande. Si estás buscando una razón para abandonar tu fe, no necesitarás buscar una por mucho tiempo.

Una crisis de fe, sin importar a dónde te lleve, es una de las transiciones más dolorosas que podrás experimentar. Tiene la propensión a impactar negativamente cada faceta de tu vida. Puede ser un camino solitario cuando sientes que nadie puede entender lo que estás atravesando. Al final, puede que sea uno de los pilares más poderosos de tu fe, o puede que lo destruya todo.

Si una crisis de fe te elige, haz todo lo posible para ser considerado, consciente y orar por sabiduría y consuelo. No puedes controlar cómo reaccionan los demás ante tu crisis de fe, pero puedes controlar tu sensibilidad hacia ellos.

Duda de tus dudas

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La duda es parte de nuestro camino de fe. Es el comienzo de la fe y el final de la fe. La duda viene cuando no la estamos buscando. Viene cuando estamos haciendo todo bien. Se trata de aquellos que buscan más luz y conocimiento.

Cuando miramos hacia atrás en nuestro recorrido, son esos momentos de “no saber” que resaltan más. Son esos momentos en los que no sabemos nada, pero seguimos adelante, y claro está que no nos rendimos. Es parte de la experiencia diaria del camino que nos lleva a donde queremos estar. Sin el rol de la duda, la fe no parece tan significativa. ¿Importa que tengamos fe si no tenemos la posibilidad de que pueda perderse?

Lo importante de dudar de tus dudas es que dudar es una acción. Es un desafío. No es complacencia o aceptación. Es tomar posesión de su recorrido. Puede que te den de comer con una cuchara de fe y puede que des de comer con una cuchara de tu fe, pero el verdadero desafío viene cuando decides comenzar a alimentarte tú mismo.

Cómo tratas a los demás determinará si ellos elegirán estar a tu lado

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Tal vez nada de esto se aplique a ti. Quizá no es para ti, pero la verdad es que alguien a quien amas va a enfrentar dudas y tal vez ese alguien cambie y nunca regrese a donde alguna vez estuvo. Tal vez sus dudas lo lleven a un viaje completamente diferente al tuyo. Tal vez sean felices, verdaderamente felices, y eso será difícil de creer para ti.

Pero todo lo que importará es la decisión de si todavía amarás a esa persona, tanto como lo hiciste cuando tenía fe. Ámalos en dónde están, para que puedan amarte en donde estés.

Si quieres que estén allí cuando más los necesitas, no puedes huir cuando más te necesitan. Debido a que el enfoque del Padre Celestial se centra en Sus hijos, y Él los ama, nosotros también podemos centrarnos en simplemente amarnos unos a otros y dejar de preocuparnos por el resto.

Entonces, y sólo entonces, la duda no ganará. Recuerda siempre que nuestros Padres Celestiales nunca nos abandonarán, incluso cuando somos nosotros los que los dejamos.

No sé lo que le pasó a ese joven. Tal vez encontró lo que estaba pidiendo en oración. Tal vez no lo hizo. Pero lo que aprendí de él es que el saber no siempre es lo que importa. Lo que importa es nunca dejar de aprender, nunca dejar de buscar y nunca ser complaciente.

Si tienes a alguien en tu vida de quien te has alejado debido a una diferencia de fe, dale una llamada. Dile que lo estimas. No hay excusas, no hay justificaciones, no hay culpa, no hay demandas, nada de peros. Sólo ámalo.

Este artículo fue escrito originalmente por Lds Living Staff y fue publicado originalmente por ldsliving.com bajo el título “Dear Doubters: You’re Not Damaged Goods