Hace algunos años hubo una tragedia bastante seria en nuestro barrio. Una gran mujer, la esposa de nuestro antiguo obispo, una mujer amada y respetada en nuestra familia de barrio, contrajo el tipo de cáncer más grave. Era una mujer muy vivaz y entusiasta que elevaba e inspiraba a todos los que conocía.

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A medida que la enfermedad comenzaba a empeorar, le di bendiciones. Una de las bendiciones que le di, fue en presencia de su hijo de diecisiete años. Otra bendición que le di, fue cuando su hijo tenía dieciocho. Sin embargo, nuestro Padre Celestial tenía algo más en mente para ella y fue llevada a casa con Él.

Unos días después del funeral, visité a mi antiguo obispo. Posé mi brazo alrededor de él y le pregunté: “¿Qué puedo hacer para ayudar?”

Su respuesta fue directa y sincera: “Ayuda a mi hijo a entender.”

Oh, cuánto profundizaron esas palabras en mi mente: “¿Qué es lo que necesita entender?,” pregunté.

“Por qué Dios permitiría que su querida madre sufriera de la manera en que lo hizo,” dijo. “Russ, mi hijo y mi esposa eran los mejores amigos. Nunca has visto a una madre y a un hijo tan cercanos como ellos. Él la amaba profundamente. Él oró por ella, escuchó todas las bendiciones que le dieron, tenía fe en que se recuperaría – o, por lo menos, no tuviera que sufrir. Sin embargo, sufrió y murió. Él no entiende por qué.”

Durante días intenté comunicarme con este joven. Llamé a su casa aproximadamente veinte veces sin tener éxito. Finalmente, le escribí una carta y lo invité a almorzar conmigo en el Edificio de Administración de la Iglesia. Oré para que su corazón se conmoviera con el fin de sentir mi amor y consuelo. Un martes, regresé a la oficina de una asignación de conferencia y mi secretario me informó que mi joven vecino y yo teníamos una cita para el almuerzo, al día siguiente.

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Al día siguiente, llegó exactamente a tiempo. Bajamos al comedor para las Autoridades Generales. Cuando nos sentamos ahí, mientras comíamos y conversábamos, seis apóstoles llegaron para almorzar. Ahora, debo decirte que he almorzado ahí varias veces y en raras oportunidades, he visto a seis de los Doce ahí, al mismo tiempo. Uno por uno, todos los seis, vinieron a la mesa donde estábamos sentados para saludarnos.

El Élder Monson, esto sucedió antes de que fuera llamado a servir en la Primera Presidencia, se detuvo en nuestra mesa. Este apóstol alto y  poderoso, se acercó y desordenó, un poco, el cabello de mi joven amigo y dijo: “¿Estás preparando a este joven para la misión, Russ?” En ese momento, este joven no estaba preparado para escuchar sobre servir una misión. Dos de los otros miembros de los Doce nos saludaron de manera similar. Podía ver que mi vecino se avergonzaba  un poco, cada vez.

Después del almuerzo, subimos a mi oficina.

Durante noventa minutos, intenté responder algunas de las preguntas que lo habían preocupado desde el fallecimiento de su madre. No es fácil explicarle a un joven que adoraba a su madre por qué las bendiciones del sacerdocio no la sanaron. No podía entenderlo. Estaba luchando internamente.

No sé si lo que dije fue de mucha ayuda, pero tuvimos una linda visita juntos. Cuando salimos de mi oficina para ir hacia el ascensor, vimos que la puerta de la oficina del Élder L. Tom Perry estaba abierta. Pudimos verlo sentado detrás de su escritorio. Toqué su puerta y pregunté: “¿Podría presentarle a un amigo mío?”

Respondió: “Por supuesto, entre.”

“Élder Perry,” dije. “Él es mi vecino. Recientemente, perdió a su madre, que murió de cáncer. Está pasando por un momento difícil al intentar entender espiritualmente por qué su madre tuvo que morir de la manera en que lo hizo.”

Entonces, el Élder Perry – lo amaré todos los días de mi vida por lo que hizo – envolvió sus manos alrededor de la mano de mi amigo y lo miró directamente a los ojos, eso tomó cierto tiempo porque el Élder Perry medía aproximadamente 1.82 m. Dijo: “Hijo, entiendo exactamente cómo te sientes. Perdí a mi esposa hace dos años por la misma enfermedad. Ahora, hijo, debes mantener la perspectiva eterna.” Y, después, le enseñó, de una manera tan hermosa como nunca antes lo había escuchado, la naturaleza eterna del hombre, en cuestión de unos minutos.

Fue un sermón extraordinario, expresado simple y poderosamente. Pude ver que tuvo efecto en mi vecino.

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L. Tom Perry

Nos retiramos y caminamos por el corredor. Para este momento, habíamos conocido a siete de los Apóstoles. Cuando volteamos la esquina, nos encontramos con el Élder David B. Haight, el octavo apóstol que conocimos. Había pasado varios días sin ver, al mismo tiempo, a muchos apóstoles alrededor de la sede de la Iglesia y aquí, estuvimos viéndolos en cuestión de una o dos horas. El Élder Haight vino, posó su brazo alrededor de este joven y preguntó: “¿Te estás preparando para ir a una misión?” Para ese entonces, mi amigo no tenía idea de cómo responder. Solo engulló. Fuerte.

Entramos al elevador y bajamos al sótano para caminar hacia el estacionamiento. En el ascensor, sostuve su brazo y le dije: “Tu madre sabe que estás aquí y tú madre es una buena amiga del Señor. Por tu mamá, estás viviendo esta experiencia. Todos te amamos, hijo. Intenta mantener la perspectiva eterna.”

Cuando salimos del ascensor, vimos al Presidente Kimball pasar por las puertas traseras del Edificio de Administración de la Iglesia. Me estaba sosteniendo del brazo de mi amigo y sentí que tuvo una sacudida física cuando vio al profeta. Era como si alguien lo hubiera tocado con un cable eléctrico encendido. Nos detuvimos ahí por un minuto sin hacer ruido. Finalmente,  me miró y preguntó: “Hermano Ballard, ¿El Presidente Kimball recibe visitas de alguien como yo?”

“No lo sé,” respondí. “Vamos a averiguarlo.”

Regresamos al Edificio de Administración de la Iglesia y llamamos a Arthur Haycock, que era el secretario del Presidente Kimball. Le expliqué la situación y le pregunté si el profeta tendría un minuto para vernos. El hermano Haycock nos invitó a ir por la derecha. Tan ocupado como estaba el Presidente Kimball, iba a darse el tiempo para ver a un joven que estaba pasando por pruebas.

Entramos a su oficina. El Presidente Kimball se levantó de su escritorio y caminó para saludarnos. Cogió las manos de mi vecino y lo miró profundamente a los ojos y a su corazón.

“Hijo,” dijo, “tu mamá está muy bien.”

¿Puedes imaginar tener a un profeta del Señor que responda tus preguntas de una manera tan personal y directa? Fue un momento extraordinario para mi joven amigo – y para mí.

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Spencer W. Kimball

El Presidente Kimball invitó a mi vecino a sentarse y hablar con él. Hablaron sobre “¿Tragedia o destino?,” un gran sermón que dio el Presidente Kimball cuando era apóstol. Lo compartió en el tiempo en que había sucedido un terrible accidente de avión, donde murieron cerca de cincuenta miembros del Coro del Tabernáculo Mormón.

En toda la iglesia se preguntaban por qué el Señor permitiría que sucediera una cosa así. El Presidente Kimball intentó responder por qué, en este gran sermón, que fue publicado en forma de folleto. Ahora, produjo una copia de ese folleto y escribió en el interior de la tapa: “Con mucho cariño para [mi amigo], Spencer W. Kimball,” y se lo entregó.

Luego, nos enseñó una gran lección que nunca olvidaré. Dijo: “Hijo, he experimentado algunos tiempos difíciles en mi vida. No me gustó la idea de que operaran mis cuerdas vocales. No deseaba que eso sucediera. No me gustó que me operaran a finales de mis setenta años para que mi corazón funcionara. Pero, déjame decirte algo. A través de mi sufrimiento, he llegado a conocer a Dios.” Luego, el Presidente Kimball tomó a mi amigo, lo acercó y le dio un abrazo. Después, me abrazó.

Mi amigo y yo nos turnamos para salir. Justo cuando salíamos, el Presidente Kimball gritó, detrás de nosotros: “Cuando regreses de tu misión, hijo, entenderás más de lo que te estoy diciendo.”

Quince minutos más tarde, nos detuvimos en el estacionamiento y reflexionamos sobre la experiencia que recién habíamos compartido.

“¿Escuchaste lo que el Presidente te dijo?,” pregunté. “¿Escuchaste realmente?”

“Oh, hermano Ballard, dijo tanto…”

“Pero, ¿escuchaste lo que dijo sobre la misión?,” presioné. “Dijo: ‘Cuando hayas retornado de tu misión, entenderás.’”

“Por supuesto, el Presidente Kimball le ha pedido a todo joven digno servir en una misión,” continué. “Pero, tú has sido llamado específicamente, así que creo que tienes mucho por hacer. En lugar de volver al trabajo hoy, creo que necesitas ir a casa para que puedas reflexionar y orar en privado durante el resto de la tarde sobre lo que ha sucedido.”

Eso es justo lo que hizo. Una vecina me dijo que le había llevado la cena a la familia y cuando mi amigo llegó a la puerta, pudo notar que estaba agotado emocionalmente.

“¿Qué ha pasado?”, preguntó.

“Oh, entre,” dijo. “Hoy, me ha pasado la cosa más maravillosa. Aprendí por mí mismo que mi madre se encuentra muy bien y que quién está enfermo soy yo.”

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Pocos meses después, tuve el gran placer de participar en una reunión de la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce Apóstoles y otras Autoridades Generales en el Templo de Salt Lake City y anunciar que nuestro joven amigo, esa misma mañana, había entrado al Centro de Capacitación Misional en camino a su misión. El Presidente Kimball me miró y compartimos una sonrisa. Al seguir el consejo de un profeta viviente, la fe de mi joven amigo se fortaleció, una vez más, se convirtió en un apoyo en su vida.

Nuestros profetas de los últimos días nos han exhortado sobre nuestra seria obligación de prepararnos para el “grande y terrible día del Señor” (DyC 2:1). Todavía queda mucho trabajo por hacer. Es un día de urgencia en la obra del Señor. Nuestro profeta está aumentando el paso. Debemos prepararnos para seguir su ritmo, caminar con pasos largos.

A medida que nos esforzamos por alargar nuestro paso, no puedo enfatizar lo suficiente la importancia de seguir al profeta y los apóstoles. En el mundo de hoy, donde las veinticuatro horas del día, los principales medios de comunicación transmiten opiniones conflictivas, en las que los hombres y las mujeres tratan de sacar ventaja desde tu dinero hasta tu voto, existe una voz clara, pura y justa en la que siempre puedes confiar. Y, esa es la voz del profeta y los apóstoles vivientes. Su único motivo es el “eterno bienestar de nuestras almas” (2 Nefi 2:30).

¡Piénsalo! Piensa en el valor de tener una fuente de información en la que siempre puedes confiar, que siempre considerará tus intereses eternos y que siempre brindará una verdad inspirada. Ese es un don y una guía fenomenales, un vínculo fuerte y maravilloso en el que podemos confiar.

Artículo originalmente escrito por M. Russell Ballard, adaptación del libro “When Thou Art Converted: Continuing Our Search for Happiness,” y publicado en ldsliving.com con el título “How Meeting 8 Apostles and the Prophet in One Day Answered a Young Man’s Desperate Questions.”