Hace poco, un hombre que conozco fue descubierto en una telaraña de mentiras y engaños morales. Por cierto tiempo, tuvo una doble vida. En casa, con su esposa e hijos, aparentemente, era fiel y estaba comprometido con el evangelio. Pero, mientras se encontraba lejos en sus viajes frecuentes de negocios, se vio envuelto gravemente en la inmoralidad. En consecuencia, perdió su membresía en La Iglesia y comenzó un proceso difícil de arrepentimiento.

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En esencia, este hombre es bueno. Él y su amada esposa criaron una familia ejemplar. Bendijeron muchas vidas mientras servían fielmente en La Iglesia. Sin embargo, gradualmente, este hombre desvío su camino. Así, su vida descendió lenta y sutilmente en el pecado y la hipocresía hasta que finalmente se sumergió tan profundamente que rompió sus convenios sagrados y los delicados corazones de sus seres queridos. En las profundidades de la traición a uno mismo, se engañó a él, su familia, su barrio, miembros de estaca y vecinos, pero no al Señor.

Durante varios años, la vida de mi amigo fue muy diferente a lo que su familia imaginaba. Por eso, su vida llegó a ser muy distinta de lo que soñó que sería. Se sentó fuera del templo, desconsolado, por no poder entrar a ver a su hija casarse. No pudo ordenar a su hijo como misionero y enviarlo al campo misional con el ejemplo y la bendición de un padre digno, enaltecido en su corazón. Su alma se retorcía de dolor y tormento. Además, sentía una miserable desesperación y desesperanza que, a veces, no sabía si podría superar. El proceso de arrepentimiento fue profundo y difícil.

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Los años de sincero arrepentimiento cambiaron a este hombre.

Ahora, se encuentra en completa hermandad con La Iglesia; sujeta un poco más fuerte la mano de su esposa; sabe cuáles son sus puntos débiles y los bordes de los acantilados peligrosos de los que se tiene que mantener alejado; asimismo, se cuida más de la iniquidad. Sabe que su tristeza fiel siempre estará escrita en su corazón. Pero, también, sabe que está limpio, que ha sido perdonado y que el Señor lo ama.

Me dijo, “Sé que la Expiación es real. No solo es un concepto de las Escrituras o un lindo pensamiento para mí. Ya no es solo una lección de la Escuela Dominical. Es real. Sin la esperanza del evangelio y la realidad de la Expiación del Salvador, Su amor y perdón, me hubiera rendido hace mucho tiempo. Sé que la Expiación es real. He experimentado su angustia y felicidad.” Me habló humildemente sobre ir por el camino solitario, del profundo dolor que causó, del restablecimiento de la confianza y el respeto en aquellos que ama. Sabe en lo profundo de su alma que le han dado otra oportunidad. No es muy tarde para que su vida termine bien.

Esta historia, y muchas similares, ilustran la profundidad y el alcance del poder expiatorio de Cristo. Es un recordatorio de que los pecados graves y los años de engaño se pueden superar y limpiar. Si bien, la mayoría de nosotros no ha hecho y nunca hará nada bastante serio, quizá tengamos amigos o familiares que cayeron en transgresión y pusieron en riesgo su membresía en La Iglesia.

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Existen ventajas y desventajas cuando enseñamos y aprendemos sobre la Expiación además de centrarnos en los ejemplos que involucran un pecado grave. Una ventaja es que dichos ejemplos son impresionantes y memorables. Otra, es que testifican de la amplitud y la profundidad de la Expiación. Demuestran que nadie ha caído tan profundo que el Salvador no pueda alcanzar.

Sin embargo, si no aprendemos del poder de la Expiación para ayudarnos a corregir nuestro camino. Entonces, nos estamos perdiendo de gran parte de la relevancia y el poder diario de la Expiación. Esto sería un error posiblemente condenatorio.

Utilizar una analogía podría ser un poco impreciso, si el precio de la entrada al circo cuesta $5, no importa si tienes 5 centavos o $ 4.99, no te dejarán entrar a menos que tengas $ 5. Hablando de manera espiritual, el “precio de la entrada” lo describió el mismo Señor: “Nada impuro puede entrar en su reino.” Y, ninguno de nosotros puede pagar ese precio a menos que hayamos “lavado [nuestros] vestidos en [Su] sangre, mediante [nuestra] fe, y el arrepentimiento de todos [nuestros] pecados y [nuestra]  fidelidad hasta el fin.” (3 Nefi 27:19).

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Un error relacionado es suponer que solo aquellos que cometieron pecados graves pueden comprender completamente la  Expiación. Es verdad que, en el caso de mi amigo, la Expiación llegó a ser más real para él debido a la intensidad del arrepentimiento por el que pasó. Sin embargo, considero que es más probable, no menos, que aquellos que se mantienen cerca del Espíritu comprendan el inmenso valor de lo que Cristo hizo por nosotros, esas cosas, después de todo, se pueden entender solo por medio del Espíritu Santo, que no morará en tabernáculos impuros.

En otras palabras, no necesitamos ser culpables de un pecado grave para necesitar, comprender y hacer uso de una segunda oportunidad. De hecho, a veces, podríamos esperar una segunda oportunidad que no tenga nada que ver con el pecado. ¿Cuántas veces hemos cometido errores inocentes, no por rebelión, sino por poco juicio, y hemos deseado poder volver a intentarlo? ¿Con qué frecuencia un malentendido nos condujo a una relación tensa y deseamos poder retroceder en el tiempo para hacer las cosas de manera diferente?

Artículo escrito por Lloyd D. Newell, extracto del libro “Gospel of Second Chances,” y publicado en ldsliving.com con el título “I Know the Atonement Is Real”: One Man’s Heartbreaking Journey Back to the Savior That Shows the Depth of God’s Forgiveness.”