Iniciemos este artículo hablando un poco sobre la parábola de Lázaro…

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El relato de Lázaro y los eventos milagrosos entorno a su muerte y resurrección son valiosos para los cristianos de todo el mundo, debido a su testimonio sobre Cristo y Su misericordia. Sin embargo, en este mismo relato podemos encontrar otro principio importante, un principio acerca de lo que se nos pide como participantes de esta gran prueba llamada vida.

Desde el principio, se requiere que María, Marta y los discípulos actúen. Las hermanas le contaron a Jesús sobre la enfermedad de Lázaro. Marta corre hacia Jesús en busca de consuelo cuando Él llega aparentemente demasiado tarde. Ambas hermanas reafirman su testimonio y creencia en Jesús antes de que su hermano fuera resucitado.

Las personas del pueblo deben mostrarle a Cristo dónde está la tumba, una “cueva, la cual tenía una piedra puesta encima”.

Luego, cuando Cristo finalmente se acerca a la tumba, hace un pedido muy importante:

“Quitad la piedra”.

Mirando hacia arriba, expresó Su gratitud e imploró al Padre que lo escuchara. Después, “clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!” y Lázaro salió de la tumba.

Lección

Con infinito poder, el Padre Celestial y Cristo pudieron haber completado o eliminado las tareas en este relato. Cristo podría haber quitado la piedra. Lázaro podría haber salido con una túnica blanca. De hecho, nuestro amado Padre Celestial y Su Hijo podrían haber hecho lo que quisieran. Pero, no lo hicieron y no lo hacen.

En cambio, nos piden que hagamos la mayor parte de lo que es necesario y, entonces, cuando solo Dios pueda completar la tarea, vendrá en misericordia para hacerlo. Solo el poder de Dios podría resucitar a un hombre muerto de su tumba y Cristo lo hizo. Sin embargo, se dejó todo lo demás a aquellos que lo rodeaban. Como diría mi presidente de misión, “Dios solo hará lo que solo Dios puede hacer”.

Todos tenemos piedras en nuestra vida que desearíamos quitar. A menudo, muchos de nosotros, me incluyo, solemos preguntarnos por qué Dios no está haciendo algo por nosotros. Aprendemos del relato de Lázaro que si Dios puede obrar mediante alguien más, lo hará.

Si hay algo que podamos aprender al actuar, con la Expiación de Cristo siempre presente para darnos fortaleza, Él lo permitirá. Si existe otra manera que le permita a Dios obrar mediante Sus hijos, Él escogerá esa manera. En esos momentos, cuando solo Su poder pueda completar la tarea, Él estará ahí.

Maneras en que podemos usar el “Principio de Lázaro” en nuestras vidas

1. Nunca dejes de esforzarte

metas

En medio de un gran dolor y agotamiento, es fácil rendirse. Si bien todos debemos ser firmes y tomarnos el tiempo apropiado para descansar física y espiritualmente, esforzarnos por tener una actitud de “¿Qué es lo que deseas que haga?” puede mantener las puertas del cielo abiertas y nuestros corazones mansos.

Ora a fin de tener oportunidades para actuar de toda manera posible. Usar tu albedrío para decidir y actuar puede proporcionar fortaleza y coraje en medio de los tiempos difíciles.

2. Sirve a los demás

manos

Lázaro no pudo terminar ninguna de las tareas que se debía hacer. No podía quitar su propia piedra o retirarse de la tumba. Hay personas a nuestro alrededor que pueden sentir que han alcanzado un estado de muerte. Al remover metafóricamente la piedra por otra persona, ayudamos a prepararnos para cuando retiren la piedra por nosotros.

3. Mantén abiertos tus ojos (y corazón)

Es probable que todos hayamos deseado un milagro tan grande como la resurrección de Lázaro de entre los muertos en nuestras propias vidas.

Ya sea que recibamos nuestros grandes milagros o no, hay pequeños milagros en nuestra vida cotidiana. El élder David A. Bednar los llamó “tiernas misericordias”. Busca la mano de Dios en tu vida, haciendo solo lo que Dios puede hacer. Es probable que Él trabaje a través de ti, contigo y para ti, más de lo que imaginas.

En el relato de Lázaro, vemos la misericordia y el amor que Cristo tiene por nosotros. Al actuar con fe y siempre esforzarnos por avanzar, podremos aferrarnos a algunas de las bendiciones más grandes y disponibles para nosotros, incluso cuando hayamos perdido toda esperanza.

Fuente: LDS Daily