Cuando las bendiciones del Señor vienen después de mucha tribulación

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El Señor tiene una manera de bendecirnos incluso cuando nos duele. De esto puedo testificar gracias a una experiencia en particular. 

Todo empezó un día que mi esposo y yo estábamos en una playa de California, Huntington Beach. Como algo inusual, entré a nadar en la playa como si fuera un día cualquiera de verano. 

Usualmente miro al océano con nostalgia, leo sobre él y disfruto del sonido rítmico de sus olas porque no siempre tengo la necesidad de nadar en la playa.

Puedo decir que lo estaba disfrutando, cuando de pronto sentí un fuerte dolor en el pie y pensé que fue a causa de una roca en el fondo. La verdad es que se sintió como si me hubieran cortado con una tijera, pero eso fue algo poco probable.

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Salí de la playa y vi que el borde de mi pie estaba morado y que sangrando. Mi esposo estaba lejos de mí, en el mar, intentando surfear, así que fui a buscar a un salvavidas para ver si tenían algo para vendarme el pie.

El salvavidas se asomó por la ventana de su camioneta blanca y después de solo una mirada dijo: “Te picó una mantarraya”. Quedé impactada. “Necesitas poner tu pie en un poco de agua caliente para neutralizar ese veneno o el dolor se expandirá hasta tu pierna”.

Hicimos lo que dijo y la herida debió haber sido neutralizada porque el dolor no me molestó por mucho tiempo, aunque la herida dejado por el aguijón permaneció.

No mucho después, comencé a notar síntomas extraños en mi cuerpo. Mi corazón parecía estar siempre acelerado.

No podía subir la colina por la que había caminado con frecuencia por las mañanas con mi papá sin sentir que mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho.

Estaba perdiendo peso rápidamente sin importar lo que comía y se me empezó a caer el cabello más de lo normal.

Temía que fuera una infección a causa de ese pinchazo. No sabía si tal cosa era posible, pero había visto suficientes episodios de Doctor House como para saber que cualquier síntoma extraño pueden provenir de la exposición a todo tipo de cosas.

Fui a un doctor, que me realizó una serie de pruebas. Todos resultaron negativos. Fui a otro doctor que me hizo muchas más pruebas.

Finalmente supe que tenía hipertiroidismo. 

No estaba relacionado con el pinchazo de la mantarraya en lo absoluto. Empecé a recibir tratamiento y, poco después, mi tiroides volvió a trabajar con normalidad. Los síntomas desaparecieron. 

Se pudo detectar antes de que empeorara y desde que lo empecé a tratar, rara vez me ha molestado desde entonces.

No soy alguien que va al médico con mucha frecuencia. De hecho, probablemente habría esperado a que los síntomas hubieran durado meses o años o que hubiera empeorado hasta el punto de ser crítico de no haber sido por esa picadura inesperada que me hizo pensar que podría tener algún tipo infección.

Estoy agradecida por ese pinchazo.

El Señor tiene una manera de bendecirnos incluso si pasamos por momentos dolorosos.

En otra experiencia, había alguien que me gustaba mucho cuando estaba en la universidad. Cuando lo que comenzó como una de las mejores amistades de mi vida empezó a sentirse como algo más, salimos en una cita o dos y decidí hacerle saber que estaba interesada.

Él me rechazó duramente.

Fue tan doloroso que lloré el resto de la noche y durante toda la mañana siguiente. Tenía que dirigir la música en mi barrio de solteros y aunque traté de mantener la compostura y concentrarme en mi llamamiento, las lágrimas cayern libremente. 

Un chico de mi barrio se me acercó después y me dijo: “Quienquiera que haya sido él, no te merece” y luego recitó rápidamente un soneto de Shakespeare perfectamente apropiado.

Aun así, el aguijón de lo sucedido fue doloroso, fue significativamente peor que el pinchazo de la mantarraya que no llegaría hasta años después y que sería rápidamente neutralizado por agua caliente.

“The Hand of God” por Yongsung Kim

Dos meses después de lo sucedido en la universidad, en el vestíbulo de un hotel en Katmandú, Nepal, conocí al hombre con el que me casaría y sería le padre de mis dos hijos.

De no haber sido por ese rechazo, hubiera esperado a que él cambiara de parecer. El hecho de que me dijera que no había posibilidad fue un pinchazo que no había anticipado, que hubiera deseado que no hubiera pasado.

Pero sin ese pinchazo, me habría parado al lado de ese hombre en aquella terraza en Nepal y lo hubiera ignorado porque me habría considerado no disponible en ese moment.

Sin ese pinchazo, no hubiera conocido a mi esposo. Una persona aventurera, amable, perspicaz, orientada al servicio, divertida y que me ama tal y como soy.

Ahora, estoy agradecida por ese pinchazo.

un salvador que te conoce a la perfección

He visto, una y otra vez, cómo el Señor tiene un plan diferente a lo que imaginaba y cómo las cosas que quería y no conseguí estaban allanando el camino hacia algo mejor para mí.

No todos los dolores y desilusiones de mi vida han tenido una conclusión satisfactoria. Cuando los pinchazos son más serios, más dolorosos, puede parecer imposible identificar la bendición de cada aguijón. 

No todas las heridas pueden ser una bendición, pero debido a la Fuente de todas las bendiciones, sabemos que los pinchazos o picaduras no tienen porqué seguir doliéndonos.

El Señor puede tomar cada dolor y aplicar Su bálsamo sanador de la expiación. Puede que Él no haya enviado aquellas desilusiones, pero las usará para nuestro crecimiento.

Y Él estará allí, con los brazos extendidos, cuando los momentos más difíciles nos vuelvan inevitablemente a Él.

“Porque tras mucha tribulación vienen las bendiciones”. -DyC 58: 4

Fuente: Meridian Magazine

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