A principios de 1966, escribí a casa desde el campo misional para contarle a mi madre que estaba liderando la misión de Brasil en bautismos. Estaba orgulloso de mí mismo, suponía que los números indicaban que había algo especial en mí y mis cualidades como misionero de lo que mi madre debía saber.

Su carta de respuesta comenzó con esta frase: “Cuando recibí tu carta comencé un ayuno…” ¿Un ayuno? Acababa de enviarle una carta de lo que pensé que debería haber sido una buena noticia y ¿ella ayunó?

La carta continuó: “…Comencé un ayuno porque quería acercarme lo más posible a tu Padre Celestial para poder decirle lo agradecida que me siento por lo que ha hecho por ti en tu vida”.

Entonces, entendí el mensaje de mi madre. Pero, lo entendí mejor cuando mi cuarto hijo escribió desde El Salvador para contarme sobre su éxito como misionero. Traté de compartir con él, como ahora trataré de compartir contigo, la lección que aprendí hace mucho tiempo de mi madre.

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Tengo la sensación de que todos debemos tener cuidado al hablar de lo que hemos logrado en la obra del Señor. La distancia entre el logro, incluso el logro justo, y el orgullo es difícil de medir sin una lupa.

En la Conferencia General de octubre de 2010, el Élder Uchtdorf dijo:

“Esencialmente, el orgullo es un pecado de comparación, porque, aunque por lo general comienza con: ‘Mira qué maravilloso soy y qué cosas grandiosas he hecho’, siempre parece terminar con: ‘Por lo tanto, soy mejor que tú’”.

Ese tipo de orgullo es mortal. Jacob advirtió a su pueblo en el templo, en Jacob 2:16:

“¡No permitáis que este orgullo de vuestros corazones destruya vuestras almas!”

Esa destrucción se produce cuando no reconocemos la verdadera fuente de nuestras habilidades y nuestros logros.

En Alma 26, Ammón se refiere dos veces a nuestro verdadero estado en esta obra. En el versículo 3 dice:

“Y esta es la bendición que se ha conferido sobre nosotros, que hemos sido hechos instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra”.

Luego, en el versículo 15, dice:

“Hemos sido instrumentos en sus manos para realizar esta grande y maravillosa obra”.

“Instrumentos”. La metáfora es casi perfecta como una descripción de nuestra parte en la obra de salvación.

Hay docenas de variedades de instrumentos quirúrgicos, cada uno con un propósito específico: desde retractores hasta escalpelos y tijeras quirúrgicas. Pero, todos tienen al menos una cosa en común.

Es un imperativo absoluto que los instrumentos quirúrgicos estén limpios. Es inconcebible que un cirujano que intenta curar a una persona que está enferma o herida los afecte con otros problemas por usar instrumentos que no están limpios.

Hay otra forma en que todos los instrumentos son similares. Ninguno de ellos recibe crédito por su espectacular servicio en un procedimiento médico. ¿Te imaginas los instrumentos, después de una cirugía exitosa, alardeando de lo bien que funcionaron?

Sin embargo, cuando serví como instrumento en las manos del Señor en Brasil y le escribí esa carta a mi madre, eso fue lo que hice.

Aarón aborda este tema en Alma 26:10 cuando le advierte a Ammón acerca de jactarse, como si él (Ammón) hubiera hecho algo grandioso. Aarón lo reprendió, diciendo: “Ammón, temo que tu gozo te conduzca a la jactancia”.

Lo que Aarón quiso decir es que el crédito por el uso efectivo de los instrumentos de curación siempre debe ir a quien los tiene y dirige su trabajo, y en ambos versículos 26:3 y 26:15, Ammón ha dejado esto en claro.

Ammón respondió a la preocupación de Aarón con esta declaración:

“Sí, yo sé que nada soy; en cuanto a mi fuerza, soy débil; por tanto, no me jactaré de mí mismo, sino que me gloriaré en mi Dios, porque con su fuerza puedo hacer todas las cosas”.

misión

Mi cuñado se retiró de una carrera como cirujano ortopédico. Lo llamé y le pregunté si donaría algunos de sus instrumentos para ayudarme a enseñar esta lección. Fue muy generoso y me regaló una caja pequeña llena de instrumentos.

Los estoy mirando ahora mientras escribo este artículo. Son brillantes, afilados, muy útiles y están limpios. Pero, ninguno de ellos me tocó el hombro o me escribió una carta y me dijo: “Hago un buen trabajo”.

El Élder Uchtdorf resumió este problema en un discurso titulado “El orgullo y el sacerdocio” de la Conferencia General de octubre de 2010, dijo:

Cuando se me llamó como Autoridad General, tuve la bendición de tener como mentores a muchas de las Autoridades Generales de más antigüedad en la Iglesia.

Un día, tuve la oportunidad de llevar al Presidente James E. Faust en automóvil a una conferencia de estaca. Durante las horas que estuvimos en el automóvil, el Presidente Faust tomó tiempo para enseñarme algunos principios importantes sobre mi asignación.

Me explicó también cuán corteses son los miembros de la Iglesia, en especial con las Autoridades Generales. Dijo: “Lo tratarán muy amablemente, y dirán cosas agradables de usted”. Se rió un poco y luego dijo: “Dieter, esté agradecido por ello; pero que nunca se le vaya a la cabeza”.

Todos entendemos esto, pero aún es difícil que no se nos vaya a la cabeza. Pero, aún podemos hacer todas las cosas con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios (véase DyC 27: 2) y usar un lenguaje que refleje este conocimiento.

Debemos darle gloria y reflejar expresiones de gratitud a Él a medida que servimos como instrumentos en Sus manos. Como Él dijo en Moisés 1:39: “Esta es mi obra…”

Nuestro trabajo, como se explica en DyC 11:20, es guardar los mandamientos: ser instrumentos en Sus manos, buscar Su voluntad, ayudar en Su obra y darle toda la gloria.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Ted Gibbons y fue publicado en latterdaysaintmag.com con el título “Remembering that We Are Instruments in the Hands of God”.