2 Nefi 2: 25 dice: “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo”. Siempre he pensado que uno obtiene gozo espiritual al superar las dificultades. Sin embargo, Dios no solo nos da gozo y paz después de cada obstáculo.

Todos están destinados a una misión, ¿verdad?

También te puede interesarEl milagro de recibir la voluntad de Dios

Cuando cumplí 19 años, pensé en servir en una misión. Amaba el Evangelio y todas las personas a las que admiraba estaban yendo a la misión. Sin embargo, por más que lo intenté, no tuve el deseo de ir. Vivir 18 meses sin mi familia, mecanismos de afrontamiento, dormir, una red de apoyo estable, mi idioma nativo y tiempo para mí misma parecía ser la peor de mis pesadillas.

No me malinterpretes. Me sentía egoísta, indecisa y cobarde por no querer ir. Me estremecía ante las historias acerca de las personas que, a pesar del temor, fueron lo suficientemente humildes para preguntar si ese era el plan de Dios para ellas. Muchas escudriñaron las Escrituras y oraron. Luego, tuvieron una experiencia de camino a Damasco y no pudieron negarse al llamado, les gustara o no. Lucharon, pero nunca se arrepintieron. Me preguntaba si yo lo haría.

Jane Elizabeth Manning James

Estas historias me hirieron hasta el centro. Sentía temor de que si le preguntaba a Dios, Él desearía que sirviera. Al principio, me resistí a preguntar. Debido a que una misión me probaría tremendamente, sabía que Dios me daría el mandamiento de ir. Sentía vergüenza de mí misma y pensaba que necesitaba aprender y ser humilde, por las malas. Así es como Dios trabaja… ¿verdad?

Finalmente, reuní el coraje y le pregunté a Dios, una y otra vez, si debía servir. Me despertaba cada mañana, estudiaba mis Escrituras y oraba por el deseo de ir a la misión, por si debía ir. No sentía nada. Luego, sentía culpa. Después, nada otra vez. Una persona justa quisiera servir, incluso si eso le hiciera sentir triste. ¿Por qué Dios no solo me decía que me sintiera triste y ya?

Después de meses de lucha, me di cuenta: Dios no desea eso para mí. Dios no deseaba que me sintiera triste.

Dios es infinito, también el plan

abandonar a Dios

A menudo, compartimos historias tristes, felices y reflexivas sobre las pruebas de Dios que resistimos. Dios siempre tiene un plan. Siempre hay una lección que aprender y una razón para regocijarnos por las dificultades de la vida. Nuestra bendición patriarcal describe qué privilegios, dones y obstáculos moldearán nuestra experiencia en la tierra. Creo que esto es verdad.

Sin embargo, no creo que exista una sola forma de agradar a Dios. Si creía que Dios tenía un camino único y despiadado para mí, y que esa era mi única oportunidad para ser feliz, ¿Cómo podría ejercer el libre albedrío? ¿Cuál sería el punto de mis propios deseos y dones únicos? ¿Por qué nuestros Padres Celestiales harían que sus hijos se decepcionaran de los cielos tan fácilmente? No lo harían.

Desarrollar el carácter

eternidad

El plan que nuestros Padres Celestiales tienen reservado para cada uno de nosotros es multifacético e infinito. Ellos, como todos los padres amorosos, desean que vivamos vidas justas y puras, y que hagamos lo que amamos. No planifican nuestras vidas para que sean difíciles a fin de que “desarrollemos nuestro carácter”.  (Recordemos al padre de Calvin & Hobbes, y su insistencia en que las picaduras de insectos, la indigestión y el hacer cosas que odias “desarrollan el carácter”).

En todo punto dado, nuestro Padre Celestial y Madre Celestial buscan bendecirnos, consolarnos y ayudarnos a ser felices. La vida en un planeta caído es imperfecta y nuestra misión en la tierra tiene parámetros estrictos. Seguramente, después de todo, Dios desea que seamos divinos. Al igual que Dios es infinito, también lo son los caminos y los hábitos de la divinidad.

No terminé sirviendo en una misión. Hubo una época en la que esa decisión fue un nudo enredado de vergüenza, inseguridad y temor en la boca de mi estómago. Sin embargo, una vez que permití que fuera mi decisión, como el Señor pretendía que lo fuera, me alivié. Fui a la universidad. El trabajo, los amigos, las relaciones, lo divino y el plan que Dios tenía para mí me enseñaron grandes lecciones sobre mí misma. Todavía sigo aprendiendo y amando la vida. Mi vida es feliz.

No me arrepiento de no servir en una misión. Sé cuál es mi misión y conozco a mi Dios.

Esta es una traducción del artículo que fue escrito originalmente por Caroline Coppersmith y fue publicado en thirdhour.org con el título “God Doesn’t Want Us to be Miserable”.